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Curro Romero et Séville : 57 ans d'idylle

Il y a 57 ans jour jour pour jour, Curro Romero "El Chico de Camas" faisait ses débuts comme matador à Séville. Il pleuvait ce 19 avril 1959 et il faisait du vent. Curro coupa une oreille de Gallego, un toro de Peralta. Et entra définitivement dans le cœur des aficionados.
La demie véronique selon Curro Romero.
La demie véronique selon Curro Romero. © Por Fandangos
Curro Romero, depuis lors rebaptisé "Pharaon", a toréé jusqu'en 2000 : 41 ans comme matador de toros!

Mais cette longévité exceptionnelle n'est pas la caractéristique principale de cette carrière. Même si elle est d'autant plus surprenante que Curro avait annoncé en 1968, après être sorti en triomphe par la Porte du Prince, qu'il comptait se retirer… à la fin de l'année.

Ni son caractère chaotique. Même si l'alternance de triomphes et de broncas aussi bruyants les uns que les autres a fait le miel d'une nuée d'écriveurs qui ont rabaché à l'envi les lieux communs sur le thème de l'inconstance des génies, de l'amour/haine de Séville pour son torero, etc. Il est stupéfiant de constater à quel point l'emphase de nombre de commentaires tranche avec la sobriété de ce torero.

Curro Romero, 83 ans cette année, restera tout simplement comme un des meilleurs toreros de son temps. Ses 5 (cinq!) sorties par la Porte du Prince et ses 7 (sept!) sorties par la Grande Porte de Madrid en témoignent.

Voici une faena filmée à Madrid le 7 juin 1985. La placidité du torero, l'enthousiasme du commentateur, les olés de Madrid : tout Curro Rmero, finalement, en quatre minutes.
Pour faire bonne mesure - mais pour les seuls hispanophones - nous rajoutons la chronique publié par Joaquín Vidal dans El País au lendemain de cette corrida.



Curro Romero

Plaza de Las Ventas. 7 de junio. 25º corrida de feria.Tres toros de Santiago Martín y tres de Juan Andrés Garzón, desiguales de presencia, mansos, que dieron juego; sexto, condenado a banderillas negras.
Antoñete: media perpendicular (oreja con protestas); pinchazo y estocada (dos orejas y dos clamorosas vueltas al ruedo con aclamaciones de "¡torero!"). Curro Romero: estocada perpendicular, otra perdiendo la muleta y descabello (silencio); estocada delantera (oreja y clamorosa vuelta al ruedo). Curro Durán: estocada trasera caída (división cuando -saluda); pinchazo y estocada tendida (aplausos). Antoñete salió a hombros por la puerta grande.
Citaba Antoñete a la distancia, dejándose ver -iyú!, como le grita al toro-; el toro acudía alegre y cuando iba a entrar en jurisdicción, el maestro le cargaba la suerte, le embebía en el engaño y la plaza toda acompañaba la solemnidad del muletazo con un rugido sideral. Citaba Curro Romero a la distancia, más breve, esperaba relajado la embestida, fundía al toro en los vuelos escarlata con suavidad de seda, Éemataba convirtiendo en magia la quintaesencia de la naturalidad, y la plaza toda acompañaba las luminarias del arte con un rugido sideral. Allí, en Las Ventas, en una de las tardes más emotivas que se recuerdan, se estaba produciendo, sencillamente, el prodigio del toreo, y ese prodigio levantaba un clamor, un eco vibrante y sostenido que estremecía todos los rincones del coso.
Las faenas de Antoñete eran de una autenticidad irreprochable. Las faenas de Antoñete, dos lecciones magistrales de la mejor tauromaquia, tenían sobre todo una carga de torería que aromatizaba, no ya las suertes, sino cada uno de sus movimientos. La soledad trágica que viven el toro y el torero, frente a frente en el centro del ruedo, curvos horizontes difusos a su alrededor, emanaba ayer una emotividad máxima. Crecido el maestro en su arte, transfigurado, a ritmo procesional, iba creando una obra hermosisima que se remontaba a sí misma en cada pasaje. El entramado de la faena era el toreo fundamental, por naturales principalmente, luego por redondos, y la ligazón de los pases de pecho instrumentados con hondura.
Ciertamente en el transcurso de la obra había imperfecciones. El temple no se produjo con la necesaria continuidad y los enganchones de muleta pusieron motitas apenas perceptibles en el color encendido de cada suerte. Pero no eran el calibrador mecánico ni el espía electrónico miradores que pudieran tener acomodo en aquellas faenas para la historia. únicamente lo tenían el sentimiento, la identificación colectiva con un rito insólito que sólo se produce cuando emana de un torero cabal. La primera faena de Antoñete fue importante y con la monumentalidad de la segunda el público entró en delirio. A ese segundo toro lo había lidiado Martín Recio con la técnica impecable que acostumbra, siempre por delante, abajo el capote, que es el artificio idóneo para que el toro mejore la embestida. Montoliú lo banderilleó llegando a la cara pausadamente, reuniendo y prendiendo en lo alto. Ambos tuvieron que saludar montera en mano, y el maestro los sacó a los medios al terminar sus clamorosas.vueltas al ruedo. Cuando Antoñete, en su segunda faena, dibujaba el natural en el centro geométrico del ruedo, y volvía a alejarse del toro para reiniciar la creación del muletazo, la multitud prorrumpía en gritos de .¡torero!", flameaba pañuelos, ¡la locura! En medio de esa locura daría los mejores redondos de toda su actuación. Ganó a ley las dos orejas y en las vueltas al ruedo el público se rompía las manos ylas gargantas de aplaudir y aclamar, lanzaba al ruedo todo cuanto tenía a mano para homenajear al maestro.
Después llegó Curro. Nadie podía hablar ahora,de maestría, ni de nada podía hablar, porque lo de Curro trascendía cualquier pauta. La pulcritud, la suavidad, la caricia para embrujar al toro en aquellos redondos prodigiosos, que hicieron saltar al público de sus asientos; eso creó Curro en el crisol de su inspiración. Probó el natural, por donde el toro le cabeceaba, y volvió al toreo en redondo, aún más inspirado, aún más subyugadora su estética. A nadie importaban cánones, aunque había cánones, de pura escuela rondeña, ejecutados con la más escrupulosa exquisitez. Porque aquello era la conmoción del arte, la síntesis de la naturalidad. A brincos; sí, a brincos, siguió el gentío aquella faena memorablé, y rompía en palmas por sevillanas, arrojaba puñados de romero alruedo, creía que era el fin del mundo.
Si el toreo es ciencia, ahí estuvo ayer Antoñete. Si el toreo es poesía, ahí estuvo, ayer Curro Romero.
La casta del primer toro había sido excesiva para las conformidades de Curro. El tercer espada, Curro Durán, tuvo una actuación valerosa, principalmente en su último toro, un manso sin fijeza, condenado a banderillas negras. Pero esos aconteceres no pasaron de ser anécdotas de la corrida, como tantas en la feria.Lo otro fue un clamor, el toreo, la gloria.

Joaquín Vidal

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